Se estima que en tres a cuatro semanas, la ola dengue aplacará. Igual, la precisión de la fecha no alivia la subjetiva molestia del repelente a cada rato y escuchar que conocidos o allegados se contagian. Algunas, tumbas, con células hemorrágicas que las asustan. Dado que más de 30 personas fallecieron y la cifra es inédita para Argentina, la pregunta obvia es que tiene este brote de dengue que no han tenido los anteriores.
Como buen fenómeno epidemiológico, el brote es multifactorial, pero obliga (como casi todo en Argentina) a mirar las gestiones de Salud y las condiciones de vida de la población.
Una multicausalidad que se puede organizar según cuatro aspectos. A su modo, cada uno suma contagios.
Contagios que, por cierto, están representados por una cifra incierta, con sus ribetes.
Por un lado, el nuevo boletín epidemiológico se prevé para la noche de este viernes presentará datos, pero con una semana de mora.
Por el otro, el último boletín informó más de 28.000 infectados, pero son muchos más. Tomando una estimación de asintomáticos de mínima, serían más de 111.000 personas con dengue (hace dos semanas).
Cuándo terminó el dengue
Antes de ir a las cuatro causas y para arrancar con una cucharada de buena onda, veamos cuándo se estima la finalización del brote.
Para especialistas, Roberto Debbag -director de la Sociedad Latinoamericana de Infectología Pediátrica- y Francisco García CamposEl director general de la Coordinación Epidemiológica de Salta (la provincia que esta temporada se lleva un tercio de los decesos por este virus) coincidió en que “terminó en tres semanas”.
Quien lo explicó a fondo (y, para ser exactos, apuntó que prefería pensar en cuatro semanas) fuego julian antmanepidemiólogo que se empeñó como gerente operativo de Epidemiología de la ciudad de Buenos Aires hasta marzo de 2022.
“Alfojará más a mediados de mayo que a principios de mes, diría. Tiene una asociación lineal a la temperatura”, arrancó.
Mayo, mi clave
Hay que escuchar la lógica escalada del virus para entender por qué el frío no resuelve el brote en forma inmediata.
“Más que pensar en la muerte del mosquito por el frío, la cuestión es escuchar que hay un período intrínseco de confinamiento”, dijo.
Así, dijo: «Si tengo dengue hoy y estoy en fase virémica, me puede contagiar un mosquito que me pique. Ese mosquito precisará intrínsecamente, según la temperatura, 7 a 12 días para ser infeccioso. Sin embargo, si la temperatura es inferior a 22 grados de media, no llegará a poder infectar y morirá antes”.
En otras palabras, mientras «los mosquitos que emergen del agua hoy probablemente no sean infectivos, hay otros que picaron hace 8 días y esos sí lo son: les quedan al menos 20 días de vida, aunque haga menos de 22 grados. Por eso podemos pensar a mediados de mayo como fecha de finalización del brote intenso”.
Ahora bien, ¿por qué este brote viene peor que los anteriores?
1. Serotipos de dengue
Vale la pena un repaso, tanto por la parte teórica del dengue como por los brotes pasados. A mayor información, más incentivo para el cuidado.
Es central saber que existe un serotipo de dengue y que quien haya tenido uno, generará pruebas de por vida para ese tipo, pero correrá el riesgo de padecer un cuadro grave si se infecta con un serotipo segundo. Este problema se magnifica cuando uno asume que podría haber sido un dengue asintomático.
If se mira el brote de 2016, por ejemplo, el serotipo 2 ni siquiera figuraba en el mapa nacional, dominado por el 1 (el más común históricamente) y el 4.
Hacia 2017 apareció algún caso importado del 2, de Brasil. En 2020, el escenario cambió, pero solo un tercio de las jurisdicciones con dengue registró el serotipo 2.
Aunque es una estimación que grafica el asunto, es difícil deducir que una gran parte de los susceptibles a la «segunda infección» que ya los brotes de la última década, contrajeron los serotipos 1 y 4. Los menos, el tipo 2, que con el 1, conforme los serotipos dominantes ahora en casi todo el país.
Antman coincidió en que la presentación particular de serotipos de cada brote, en efecto, puede dar sus consecuencias en brotes posteriores. Y remarcó que tener «buena información», como -opinó- «se ve en los boletines de Nación y de la Ciudad, es clave».
2. Dengue y pobreza
La relación entre condiciones socioeconómicas y salud es muy estrecha. Debbag lo resalta: «Esto de descacharrizar es una realidad difícil porque al 40% de la población bajo la línea de pobreza no le es tan fácil hacerlo, ni en su casa ni en los alrededores de su hogar».
Por otro lado, no solo muchos domicilios sin conexión de red precisan guardar agua en tachos para su vida diaria. Además, dijo Debbag, “los elementos de la industria, como podrían ser simples tapitas de gaseosa, también propician los contagios. Juntan agua y ahí se cria el mosquito”.
Andrea Uboldi suma a la charla. Es pediatra, infectóloga, ex ministra de Salud de Santa Fe (provincia entre las más afectadas por el brote) y asesora la Comisión de Salud de Diputados de esa provincia e integra la Comisión Nacional de Inmunizaciones (CoNaIn). Desde su mirada, «el escenario es realmente muy complejo».
“Tras la pandemia, la vida nos encontramos con muchos problemas sociales y económicos”, destacó.
Agregó que, «pero más allá del cansancio de los temas de Salud, dominó la preocupación por otras circunstancias, que en muchos casos también terminan tapando lo que está ocurriendo en cada barrio y en cada lugar del país».
3. Silencio inmunológico
Durante la pandemia de Covid, desarrolló mucho el concepto de silencio inmunológico o “inmunitario”.
Aludía al hecho de que el SARS-CoV-2 hubiera de lamado «nicho epidemiológico» a otros virus circulantes. A mediano plazo, eso nos dejaría débiles a la hora de enfrentar otros patógenos con los que solemos convivir. Dificultaría esa relación.
Debbag opinó que algo de eso repercute ahora: «El silencio inmunológico en toda América Latina podría estar descubriendo una mayor tasa de gravedad y mortalidad. De hecho, se está investigando si hay cambios genéticos en las arbovirose. Está pasando con chikunguña, virus del que se vio una variante genómica distinta, y podría estar pasando con dengue”.
Pero lo del silencio inmunológico podría tener (metafóricamente) un sentido distinto: un «silencio» o espacio parentético en la gestión, abocada de lleno a la pandemia.
“¿Por qué este brote es diferente? Estamos saliendo de una pandemia. Hubo dos años en los que no se pudo trabajar en promoción y prevención por el distanciamiento social y la prohibición del ingreso a los domicilios”, admitió García Campos.
En este sentido, “hay tareas para retomar. El más importante es el capacidad del personal de salud». «Estuvimos muy limitados por la pandemia», insistió.
Uboldi coincidió con el funcionario salteño: “El sistema de Salud está muy cansado. La pandemia tuvo realmente su impacto”.
4. Mosquitos y clima climático
El desinteresado por el cambio climático es casi pleno, aun cuando algunas consecuencias nos pegan en forma directa.
Más que hablar de cambios genómicos, para Antman hay que destacar que “el mosquito es cada vez más resistente a las bajas temperaturas”.
García Campos aludió a esta problemática: «Este año hemos pasado de una época seca con muchos focos de incendio a otra con lluvias y temperaturas levadas, algo que si se sostiene varios días, ayuda al desarrollo del Aedes aegypti”.
Uboldi sumó que «la sequía, o mar, la falta de agua, la urbanización desorden y el cambio climático obligan a pensar nuevos mecanismos de control».
Es decir, «pensar en un mosquito que se mueve puertas adentro. Se concreta un cambio en la concepción de las personas».
En esta línea, concluyó Antman, hay que «cambiar la narrativa en el abordaje del problema: no es ‘combatir’ o ‘ganarle’ a la naturaleza; es aprender a vivir con el mosquito y construir nuevas formas de oír lo que generamos como humanidad».
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