Inteligencia artificial y civilidad democrática: tensiones y desafíos

Inteligencia artificial y civilidad democrática: tensiones y desafíos

La Inteligencia Artificial (IA) es, esencialmente, una disciplina científica que se ocupa de crear programas informáticos que realicen operaciones comparables a las que realiza la mente humana. Eso incluye aprendizaje y razonamiento lógico. El concepto – y su aplicación – genera distintas interpretaciones en el campo académico.

En el artículo «¿Quién le teme al ChatGPT?», publicado en el diario español La Vanguardia y reproducido en Clarín, Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política en la Universidad del País Vasco (UPV) afirmaba: «El poder computacional es cálculo veloz y procesamiento de mayor cantidad de datos, pero no inteligencia”.cosas”.

Paralelamente al debate sobre el uso global surgió un cuestionamiento: ¿Cuál será el impacto de ChatGPT en la democracia? En una columna encontrada en el sitio web de la ONG “Salvemos la Democracia”, José Alberto Aguilar Iñárritu, miembro de la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (COPPPAL), reproduce la respuesta que respeta el prototipo de AI: “ La tecnología del lenguaje puede tener un impacto en la forma en que se accede y frente a la información, donde se sabe puede tener un impacto en la toma de decisiones democráticas”.

Sobre la cuestión también opinó el filósofo e historiador israelí Yuval Noah Harari. En una breve entrevista en el medio británico The Telegraph, afirmó que la Inteligencia Artificial constituye «una causa particularmente grave para las democracias, pero para los regímenes autoritarios, porque las democracias dependen de la conversación pública». Luego, comentó: “La democracia es básicamente conversación. Personas que hablan entre sí. Si la IA se apodera de la conversación, la democracia queda subyugada”.

En este marco surgen algunas reflexiones. Fácticamente, la AI puede crear un discurso, pero ello no implica intervenir en la discusión pública de ideas. Menos aún meditar sobre los componentes morales o ideológicos del mensaje. Logra describir en qué consiste una dictadura, pero la reseña no alcanza para dimensionar sus múltiples consecuencias objetivas.

Puede amalgamar estadísticas que permitan medir la calidad institucional de un país, pero esas cifras no sirven para ponderar la magnitud simbólica de la República como espacio de convivencia y equilibrio político. Consigue definir la pobreza, pero no exponen el peso cultural de las carencias.

Mientras tanto, las consideraciones de Innerarity y Harari, tanto como la definición mecánica citada, parecen tener un eje común: en algún sentido, ponen de relieve el componente humanista que puede emparentar a ciertos avances tecnológicos – derivados del conocimiento científico ético – con la política democracia de largo alcance.

Desde esta coincidencia potencial, siempre que las personas productn o adquirieron un saber nuevo -Innerarity habla para ello de una necesaria reflexividad-, y toda vez que cumplen con sus derechos y deben ciudadanos, están ejercitando el pensamiento critique, alejándose así de los dogmas y promover la pluralidad. Se trata de palmarios rasgos de civilidad que, como muchas otras cosas, las máquinas, las aplicaciones digitales y los algoritmos no pueden imitar.

Damián Toschi es Licenciado en Comunicación Social (UNLP)